LETRAS LIBRES: PENNA ARA
INTRODUCCIÓN.
Un viejo alfarero arévaco obtiene la prueba del final de una forma de vida que, desde su infancia, había sido imperturbable. Un simple trozo de cerámica, le hace cuestionarse su trabajo, heredado de sus antepasados y le pone en contacto con nuevas formas de crear los cacharros de uso cotidiano. Ahora toca saber adaptarse o seguir el paso de tantos y sucumbir ante el empuje de los cambios.
PRIMERO. EL FIN DE UNA ÉPOCA
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El viejo salió desnudo desde el viejo alfar hacia el río. Vivía junto a una playa rocosa en el recodo del Ara. Se tiró al río chapoteando y, al alejarse de la orilla, que se hundía rápidamente dejando atrás la materia prima de la que había hecho su forma de vida, sintió cómo la arcilla y los guijarros se escapaban bajo sus pies. Se zambulló en el agua fría y salió nuevamente, escupiendo, antes de dar unas brazadas firmes para entrar en calor, pues todavía el agua estaba fría. No existía ninguna otra manera de despejarse y comenzar el día con vigor en los brazos que darán forma a la cerámica que tenía pensado hacer ese día.
Al salir del agua, aprovechó para recoger en un serón unas paladas de tierra de la misma mina que llevaba excavando desde que su padre le encomendara, hace tanto tiempo, esa misma tarea.
La tarea cotidiana de conseguir la materia prima con la que trabajar en el taller le obliga a proveerse de, por un lado, arcillas no calcáreas con un tamaño de grano fino muy seleccionado y por otro lado a añadir a esa misma arcilla un material no plástico machacado para modificar sus propiedades.
Estas dos secuencias comprenden las cinco acciones que le permiten disponer de la arcilla necesaria para su quehacer diario: selección de materias primas; la preparación y acondicionamiento de las mismas, el modelado de la pieza, el secado y la cocción final de las vasijas.
Para obtener una partícula de grano arcilloso lo más fino posible, se emplea un proceso de decantado llamado levigado en el que a través de sucesivas lavadas del material se consigue seleccionar las fracciones más finas de la arcilla. Es un trabajo tremendo que necesita, para un kilo de pasta cerámica, más de 10 litros de agua y dos kilos de sedimento arcilloso.
Acababa de llenar el saco de juncos trenzados cuando la tierra empezó a temblar.
En el cercano camino, una larga caravana de pesados carros tirados por bueyes y escoltados por jinetes desconocidos pasaba dejando profundas huellas en el camino. La carga se balanceaba y por los costados de los fardos el viejo observó, asombrado, formas de cacharros diferentes a las conocidas. Especialmente le llamó la atención una cerámica de color rojo intenso y otras piezas de color negro brillante.
Con ojo profesional, se dio cuenta de que no era tierra de por esa zona, que además de las formas, también eran distintos los dibujos, los colores y que las manos que habían hecho esas piezas eran, al menos, tan diestras como las suyas propias.
De pronto uno de los fardos se abrió y una pequeña vasija resbaló por el costado del carro y cayó al suelo rompiéndose en pequeños trozos. Uno de los jinetes dio el aviso y los responsables de la carga volvieron a cerrar el fardo para evitar perder más piezas por el camino.
El ruido, el polvo y el temblor del camino fueron desapareciendo según la caravana abandonaba la zona cercana al río y seguía camino adelante en dirección al territorio vacceo. Quizás los parientes de Ravda pudieran explicar de donde habían salido esas piezas y cómo habían llegado a atravesar el territorio arévaco. No le importaban tanto las gentes que acompañaban a la caravana como las piezas de cerámica que transportaban. Al fin y al cabo, gentes extranjeras pasaban a menudo por allí, pero siempre había sido de forma individual o en pequeños grupos, pero nunca acompañados de esa carga.
La luz del sol, al posarse la nube de polvo levantada por la caravana, le permitió distinguir los restos de la vasija rota y tras observar el camino por si había rezagados o alguien más al acecho, se dirigió hasta el camino para recoger los trozos.
El viejo tenía más de 50 años. Desde que nació tenía una pierna lisiada y era más corta que la otra. Eso lo había incapacitado para ser guerrero, como cualquier hombre deseaba ser. Morir en combate equivalía a la gloria más alta y su cuerpo sería devorado por las aves del cielo para llevar al más allá su espíritu.
Nada de eso había sido posible. De hecho había tenido suerte de no morir abandonado en el bosque para calmar a los dioses y que el siguiente hijo saliera sin deformidades. Pero para su madre había sido tan hermoso como si de un héroe se tratara y para el trabajo que había aprendido de su padre, su discapacidad no era un inconveniente. Además, desde el principio, había tenido tacto para trabajar el barro y después de tantos años encorvado en sus vasijas, algunas de esas deformidades se habían sustituido por otras típicas de su trabajo. Aun así se las arreglaba para moverse con una agilidad sorprendente.
Vestía un manto de cuero cortado al estilo masculino y llevaba sobre sus espaldas, como los demás hombres de su raza una piel peluda por fuera, la cual usaba también para dormir.
A pesar de su cojera, se movía con una gracia que provenía de su gran sabiduría y de la seguridad que le daba su importancia dentro de la Comunidad. Era el Kemariko, el maestro que hacías las urnas funerarias para incinerar a los hombres y mujeres que no habían tenido la suerte de morir en combate, pero que su riqueza les permitía elegir el lugar donde sus restos iban a descansar para siempre y los objetos que les acompañarían en su viaje.
También hacía cacharros para el uso cotidiano, pero de eso había poco que presumir. Estaba convencido de que su cuerpo arruinado le había sido dado para que pudiera ocupar su lugar de intermediario ante el mundo de los difuntos y el más allá por medio de las urnas donde reposaban los restos tras la incineración.
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Tuvo que usar de todo el autocontrol que ponía en su labor para observar con sangre fría los trozos de cerámica que tenía sobre su mesa. Sabía que una parte muy importante para valorar lo que tenía ante sus ojos consistía en intentar conocer la procedencia y preparación de la tierra en un taller keramiko para ver con qué finura se habían levantado las paredes, el peso y el aspecto final de la pieza.
Lo que más le llama la atención es el aspecto brillante de la superficie pintada de negro. La pieza está realizada con arcillas procedentes de color rojizo, de gran dureza y con presencia de partículas de mica. El barniz, por su parte, presenta una calidad desigual y con reflejos que van desde el rojizo al grisáceo o azulado. El pie presenta huellas digitales, lo que indicaría que el barniz se aplicaría por inmersión de la pieza en el líquido de forma similar a la empleada por el viejo para aplicar el engobe blanco en sus cerámicas policromadas.
En cuanto a la decoración de esta pieza le llama la atención las impresiones en relieve en el interior. También aparece decoración pintada en color blanco o marrón en forma de círculos concéntricos sobre este mismo diseño realizado mediante la impronta de un sello.
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El taller del viejo era un edificio atípico. Si bien mantenía las formas de las casas típica arévacas, tenía modificaciones a modo de extensiones que, a lo largo de generaciones, habían modificado el aspecto general de la construcción.
El espacio destinado a trabajar, lo que sería el alfar propiamente dicho, estaba dentro de la estructura que hacía las veces de casa, en una de las pequeñas salas separadas por tabiques interiores de adobe y comunicaba directamente con un pequeño porche o cobertizo destinado a secadero, donde también se hallaba el horno, el pilar para remojar y pisar la tierra y la tabla de sobar.
El obrador ocupaba un pequeño espacio donde se trabajaba la arcilla y se colocaba en tablas de oreo que según iban llenándose de piezas se colgaban en la pared. Después se sacaban al porche para colocarlas en los secaderos.
Lo que más difería el hogar del viejo era la ausencia de un sótano, tan típico de las casas del resto de la población. Por su cercanía al río, no había posibilidad de excavar bajo la casa a riesgo de inundarla de agua. Por ese motivo, mantenía en una de las calles del poblado, una vieja casa que sí disponía de este espacio y que habitualmente usaba para aquellos materiales más valiosos y que no deseaba tener en el taller.
A pesar de la falta del sótano, en la actualidad su hogar y el taller eran un espacio amplio. No ocurría lo mismo cuando en el taller trabajaba su padre, sus hermanos y hermanas e incluso algún miembro de la comunidad no especialmente dotado para las labores del campo, la ganadería o la guerra.
Unos tras otros habían abandonado el hogar bien en busca de oportunidades en la guerra los más jóvenes, o en el incipiente comercio hacia el levante con la promesa de encontrar nuevos mercados. Los demás, muriendo de viejos y acosados por la enfermedad.
La última en morir había sido su compañera cuando, de pronto, dejo de comer hasta consumirse. Su mirada fue perdiendo brillo hasta que se apagó del todo. Según observaba que se aproximaba el desenlace, a pesar del
dolor que sentía en el pecho, labró una de las vasijas más bellas que había hecho nunca.
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Maulia, llevaba su mejor vestido y algunos adornos personales cuando el viejo transportaba su cadáver hasta el recinto de la necrópolis donde había preparado una pila con ramas de árbol y con hierbas de encendido rápido, que ayudaría a perfumar la pira junto con otros productos que la mujer había acumulado a lo largo de su vida.
Sabía que el proceso de cremación sería largo y exhaustivo hasta transformar a su compañera en un conjunto de huesos muy fragmentados y calcinados que tendrían que ser recogidos con cuidado e introducidos en la urna funeraria con los abalorios que hubieran sobrevivido al fuego.
Una vez colocada la tapa de la urna, consistente en un bello plato, la depósitó en el hueco abierto en la tierra acompañada de su ajuar de vasos para beber, elementos de juego como tabas de hueso, sus adornos para el pelo y las piezas para tejer y una pequeña caja vaccea como mobiliario para la otra vida.
El viejo pensó que sería la última vez que haría los preparativos para abandonar este mundo y partir a la otra vida. Le aterraba que nadie se preocupara de su propio cuerpo cuando las fuerzas le fallaran pues la mayoría de las veces, los pocos vecinos que aún rondaban por la población, se sorprendían cuando se cruzaba con ellos por las deshechas calles. Si moría sólo, ¿quién recogería sus restos para el ritual? ¿cómo protegería su viaje si nadie colocaba una esfinge o un animal sagrado en su tumba?
Le gustaría que sus cenizas estuvieran cerca de las de Maulia. Ambos restos, juntos, amparados por las garras de la diosa Tanit con su cabeza femenina y su cuerpo de león alado que los transporte al mundo de los muertos. Desde luego Malia se merecía el privilegio de un camino tan noble hasta el más allá y él, por ser su compañero podría beneficiarse de semejante ser para llevarlo a su lado.
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De niño, cuando quedó claro que nunca pertenecería a la casta guerrera, emprendió el aprendizaje con un acercamiento progresivo a las tareas del oficio. Primero realizó trabajos de escasa importancia como acarrear agua o tierra, colocar piezas en las tablas de oreo o la preparación de los engobes mediante molienda, cribado y eliminación de caliches.
A los diez años, cuando sus congéneres se preparaban para la caza y el combate, él tuvo que hacer las primeras piezas, especialmente tapas para la cerámica de uso común, sin decoración y cuyo rústico acabado no preocupaba en exceso. De hecho, muchas de estas cerámicas eran elaboradas por las mujeres como tareas del hogar, pero las viudas o las ancianas, requería vasijas del alfarero por no disponer de tiempo, maña o por alguna discapacidad.
También tocaba ayudar en la carga del horno, transportar las vasijas de una parte del taller a otra o embalarlas con paja antes de ser transportadas al mercado o a la Asamblea del Oppidum.
Sólo al cumplir unos veinte años, fue considerado un keramiko con capacidad de crear la totalidad de las piezas, aunque en su caso, fue uno de los tres que quedaban vivos.
Todas las mañanas, el viejo se levanta al despuntar el día y echaba a la pila la tierra que tenía que preparar. Allí permanecería tres días transcurridos los cuales se saca y se adoba en la tabla golpeándola repetidamente con una rama con obsidiana clavada en un borde hasta que queda lista para ser amasada. La idea de usar una rama con trozos cortantes permite deshacer los terrones e igualar la textura de la tierra, separando al mismo tiempo aquellas piedras y raíces que hubieran pasado desapercibidas al comienzo.
Cuando había que preparar barro para varios maestros, siempre se procedía a pisar la tierra, preparando una torta de un metro aproximado de diámetro, cuyo barro era comprimido por sus pies descalzos, pisando repetidamente su superficie. Esta operación es necesario hacerla dos veces: una por cada lado de la torta.
Después del pisado, el barro pasa a la tabla que hace las funciones de adobadera donde se soba con las dos manos, de forma similar a como se hace con el pan, y agregando tierra en polvo o agua, según se necesite hasta obtener una mezcla perfecta de los ingredientes de la arcilla. El primer trabajo del día termina con la confección de bollos o pellas de barro, cuyo tamaño estaba en relación con la pieza a que van destinadas.
Hasta la adopción del torno de pie, el viejo utilizaba uno más bajo que se accionaba con la mano. El nuevo torno permitía que las paredes de las vasijas tuvieran un grosor muy uniforme.
Además, centrar la pella de arcilla era más fácil cunado se disponía de un movimiento continuo y la utilización continuada de las dos manos.
Después de que las piezas eran modeladas a torno, se procede al secado de las mismas puesto que si se cuecen con humedad pueden producirse roturas de fatales consecuencias durante el proceso de cocción.
SEGUNDO. LOS JÓVENES QUIEREN OTRAS COSAS
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Mientras se dedica a trabajar, el viejo rememora su juventud, cuando se preparaba para ser considerado un keramiko adulto con la responsabilidad de elaborar sus propias piezas.
La tarea no era muy dura, si bien la mayoría de los jóvenes decían que era aburrida y preferían pensar en buscarse la vida fuera del poblado.
Había que reconocer que, hasta ese momento de pasar a hacer las tareas de los adultos, la mayor dificultad a la que debía enfrentarse era al enasado de las piezas.
Generalmente se hacía al día siguiente de que los alfareros hubieran modelado las vasijas. El asa se confeccionaba haciendo un rollo de arcilla cuyo grosos oscilaba entre los dos y los cuatro dedos, en función de la pieza a la que fuera destinada.
La arcilla utilizada para su elaboración eran las recortaduras, es decir, el barro que el alfarero había ido apartando de sus manos mientras modela la vasija. Estas recortaduras se iban recogiendo en una vieja pieza rota; después se sobaban en la adobadera, hasta que la pasta adquiría la correa necesaria; entonces de apoyaba la pieza en la mesa, al igual que el cordón de barro a fin de ir cortando con los dedos el fragmento necesario y pegarlo a continuación, a la boca y en el hombro con ayuda del barro encharcado llamado barbotina.
Muchos preferían hacerse cargo del oreo de las piezas, pues eso les permitía estar a su aire y dejar de estar bajo la mirada de los maestros keramikos.
El oreo es una tarea que debe realizarse lentamente, sin exponer las vasijas al calor constante del sol, ya que las arrebataría produciendo rajas en su superficie irreparables.
De esa forma, mientras las piezas van perdiendo lentamente la humedad sin recibir el sol más que unos momentos antes de girarlas, los jóvenes tenían tiempo para las peleas, los cortejos a las muchachas que casualmente o no pasaban por allí camino de las tierras de cultivo, del río para lavar o en busca de algunas hierbas necesarias para sus propios quehaceres.
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Desde hacía muchos años, los jóvenes destinados a este trabajo eran vigilados por algún miembro relevante de la población pues en numerosas ocasiones aprovechaban un descuido para salir a buscar a las tropas invasoras que recorrían las tierras de celtíberos, vacceos y carpetanos.
Los soldados arévacos eran especialmente buscados debido a su austeridad, belicosidad y movilidad. Además, muchos de ellos estaban ansiosos de alistarse debido a la falta de tierras y la pobreza general junto al duro trabajo en que muchos vivían.
El viejo había visto a muchos partir a la guerra con sus pertrechos imponentes, sus espadas provistas de una hermosa vaina con piezas de hierro repujado, sus armas arrojadizas y las largas pilas con sus puntas de más de cuarenta centímetros y sus escudos. La mayoría de ellos acompañaban su armamento con soliferreas, las jabalinas creadas totalmente de hierro y los cuchillos de dorso curvo.
En cualquier caso, nunca los ha visto volver ricos ni con honores. Los que triunfan en los ejércitos extranjeros, se quedan a vivir entre ellos o en las tierras que se les ofrecen después de muchos años de servicio. Los más caen en las batallas en las que participan.
El territorio donde se asentaba el pueblo celtibérico, en la meseta, está ocupado en gran parte por montes, bosques y llanuras áridas donde la caza es muy abundante pero las tierras están en manos de unos pocos caudillos. El hecho de que exista una absoluta desigualdad económica, teniendo la tierra cultivable y los ganados concentrados en unas pocas manos, hacía que el resto de la población malvivía.
El grupo de trabajadores de la arcilla eran una pequeña excepción en cuanto a la calidad de vida, pero a la juventud no le atraía una vida tan rutinaria y buscaban la forma de ganarse el futuro con las armas en las frecuentes disputas entre los pueblos vecinos.
Una fortuna más variable tenía aquellos que al alcanzar la edad adulta, si están entre los que tienen una situación económica más apurada, pero
sobresalen por el vigor de sus cuerpos y su afán de aventura, proveyéndose de armas y de valor, se reúnen en las asperezas de los montes; allí forman bandas numerosas que recorren el resto de Iberia, acumulando riqueza con el robo.
Por ese motivo los talleres se habían quedado cada vez más vacíos y el oficio se perdía. Sólo en los cortos momentos de paz, sin incursiones propias o ajenas, los jóvenes se amoldaban a la vida cotidiana del poblado y se sometían a los trabajos comunales.
TERCERO. ASAMBLEA
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El terreno cercano a Penna Ara es la zona fronteriza donde se celebra la asamblea de las doce lunas. Cada temporada tras haber recogido las cosechas y cuando los propietarios de las reses retornan con sus ganados al poblado, se organizan los preparativos para la reunión de las gentes de la comarca. Este tipo de asambleas se denomina Seniores y está dirigida por los Ancianos de la región. Hay una fuerte relación entre los vacceos del oeste y los arévacos, la tribu a la que pertenece el viejo. Cuando hay algún conflicto bélico o se preparan partidas para atacar algún establecimiento rival, la asamblea se denomina Iuniores y es de tipo popular. En ella participa el pueblo en armas ya que deciden lo que afecta a la colectividad. Aun así, las Asambleas de Seniores tienen mayor capacidad de decisión.
Los ancianos recorren a pie la distancia existente entre el poblado actual y el viejo castro, un montón de piedras situadas en lo alto de La Peña, que fue abandonado cuando el padre del padre del viejo era un pequeño niño. O al menos eso contaban las tradiciones.
Entre ambos espacios se encuentran los terrenos dedicados al cultivo cerealista, especialmente trigo y cebada en sus variedades más resistentes al frío. Desde que se integraron las nuevas herramientas de hierro y la rotación de cultivos lo que conlleva la práctica del barbecho y la utilización del abono natural, las cosechas son mayores y la alimentación está dejando de ser el principal problema de las poblaciones. Los jerarcas presionan, cada vez más, contra las parameras y los bosques de encinas, pinos y sabinas en busca de campos de cultivo mayores y con mejor tierra.
Sólo en la delgada línea situada mirando hacía el Ara, están las pequeñas tierras que hacen brotar los frutos del huerto a base de azadas y legones que proporcionan, en los cálidos meses de primavera y verano, una base apreciable de productos frescos.
Como siempre, uno de los temas a tratar en la Asamblea, será la necesidad de mantener el conocimiento de la climatología con la intención de aprender sus cambios en los meses del año. Esto incluye el conocimiento
del origen de los vientos y su significado. En la última reunión, uno de los ancianos, propusieron buscar a interpretadores de los ciclos astronómicos para implantar el ritmo de trabajo y del ocio en una sociedad que, además de ganadera, está acumulando tierras de cultivo.
Un grupo de ancianos llegados del vecino mundo vacceo, tratará de hacer comprender que un modo de vida regulado mediante la línea trabajo, ocio, estaciones y fiestas en honor a los dioses tienen que estar engranadas perfectamente. En sus tierras, mucho más fértiles que las situadas en tierras arévacas con la excepción precisamente de Penna Ara, las nociones del tiempo de cosecha se basan en la trayectoria de los astros en el cielo, los ciclos de vegetación y la comprensión de las edades de la vida y por tanto de la muerte. Si salen adelante sus propuestas y los ancianos de esta lado de la frontera lo aceptan como ya lo ha hecho la vecina Sekontia Lanka, el tiempo de cosecha se creará a partir de las fiestas dedicadas a los dioses quedando la cotidianidad enmarcada por éstas. Así, los ritos, las ofrendas y las celebraciones en los santuarios, marcarán el paso de una etapa a otra.
Para abordar conjuntamente estos cambios, tanto vacceos como arévacos de la zona fronteriza tienen que ser capaces de desarrollar la capacidad de proveerse de herramientas de hierro destinadas a hacer eficaces las tareas agrícolas, sustituyendo las antiguas de piedra y madera en incorporando otras adecuadas a los nuevos trabajos y actividades comunes. Uno de los escollos a superar es la creación de edificios comunes, donde guardar las herramientas y el producto recogido que será del común y no ya del jerarca de cada poblado.
Esta iniciativa ha sido validada en Sekontia Lanka y parece que gana adeptos. Cuando llegue el otoño, será cada vez más frecuente ver incorporado al paisaje el arado llegado de los pueblos de la costa con reja metálica, tirado por una yunta de bueyes, abriendo surco en las tierras más difíciles y preparándolas para realizar la sementera, esperando hasta el final del invierno para que nazca la planta, eliminando la competencia de otras hierbas con los escardillo y azadillas.
Tras la larga espera, cuando el cereal mostraba su agostamiento y maduración, se prepararán las hoces para la siega, trocando el ondeante mar de espigas por los espacios de rastrojos.
Luego vendrá el acarreo hasta la era y la trilla, donde remover la parva con las horcas de hierro y madera en el proceso de cribar y aventar en los días de viento, eliminando la paja del cereal.
Poco ha cambiado este modo de vida desde el antiguo castro hasta la nueva población surgida en sus cercanías. El traslado fue consecuencia de la nueva jerarquización de los núcleos de población existentes hasta ese momento con el mayor control de la zona por los oppida como el de Kolouniocu. Cuanto más poder comenzaron a tener aquellos que pertenecían al grupo de los guerreros que forman parte del consejo de mando, más organizada estaba la población de las zonas habitadas llegando a convertir a numerosos poblados en verdaderos satélites del oppida al que debían obediencia y al que pagaban el tributo.
El castellum había sido una población defensiva que dependía de Kolouniocu. Marcaba el control de la zona del río y de los ricos pastos que lo rodean. Pero su límite de crecimiento, marcado por estar sobre una zona rocosa alargada parecida a las balsas que llevan mercaderías hasta Numantia, hizo necesario buscar un nuevo emplazamiento.
El desmantelamiento de la muralla, amortizada en la elaboración de las defensas de la nueva población, había acentuado la erosión de la cima del cerro. Los restos de los muros principales de las viviendas, compartidos con las casas vecinas se apoyaban en la muralla. Todavía estos muros tenían visibles restos pétreos en la superficie.
Si bien, ya no quedaba en pie el lado contrario a la muralla por el derrumbe, se podía reconstruir con la mirada la situación que tendrían la parte delantera de casi todas las casas y conocer el trazado aproximado de las mismas y los límites de las restantes viviendas.
Nueve casas aparecían mutiladas apoyadas en el muro al que siguen en su giro en el extremo del poblado, dejando entre ellas y a lo largo del asentamiento, una calle central a la que daban las entradas de las viviendas.
Si las casas que estaba en este lado del castro presentaban una similar extensión, con mínimas variaciones debidas a las pequeñas irregularidades de la muralla, las situadas en el lado opuesto parecían que habían sido creadas con las mismas dimensiones, aunque con su cara más estrecha en el lado de la calle.
Todo el recinto tiene unos 100 metros de largo por 22 de ancho, adaptándose a la roca sobre la que se asienta. Donde todavía se mantiene la muralla, el viejo observa grandes bloques de caliza con el doble paramento de los muros externos. El espacio entre este doble muro estaba relleno de tierra y pequeñas piedras que permitían un engrosamiento en algunos puntos de casi cuatro metros.
Lo poco que quedaba del sistema defensivo interno se completaba con un fortín cuadrangular del castro junto a un foso artificial.
Todas las casas se construyeron a la vez, dentro de un trabajo colectivo que se inició con la muralla del castro. El espacio interno se dividió en partes semejantes levantándose los muros medianiles de las viviendas sobre un zócalo de mampostería caliza.
La piedra caliza, procedente del mismo entorno donde se encuentra el castro es el único tipo de piedra utilizado. El viejo pensó que probablemente la excavación del foso haría las veces de cantera que proporcionaría el material necesario en la construcción de la muralla. En el interior tan sólo se utilizó la piedra para construir el zócalo existente en los muros medianiles de las casas.
Los restos de las casas tienen, todavía el enlucido del revoque arcilloso y restos de haber sido encaladas y en el suelo, donde la irregularidad de la roca no permitía obtener un piso firme y nivelado, se procedió al relleno inferior con arena y piedra a modo de drenaje y una capa superior de arcilla a modo de suelo.
Cada familia tenía su espacio para dividir a su antojo, aunque la mayoría de las veces se trazaban con el mismo criterio. Esto no hacía que todas las casas fueran iguales. Las divisiones ofrecían resultados diferentes en la disposición y tamaño de los habitáculos resultantes.
Dentro de los muros, todavía se observan restos de cerámica rota que nunca fueron recogidos. El abandono fue tan precipitado, que entre los restos existen pedazos de todas las funciones que prestan las vasijas en una vivienda: cazuelas u ollas con perfiles en "S" en el hogar, grandes tinajas importadas desde el Levante y un ánfora de los pueblos invasores que traería vino, botellas, jarras de tipo oinochoe con decoraciones de caballos
estilizados, kalathos, y multitud de vasos incluyendo uno con engobe blanco que el viejo reconoció como hecho por él mismo. Saliendo de los escombros, aparecía la piedra de un molino circular de grandes dimensiones, indicio de que en esa habitación se realizaba la molienda.
Muchas de las poblaciones más antiguas que ha visitado el viejo tienen un aspecto similar, aunque la forma alargada de éste se deba a la roca sobre la que se asienta.
De hecho, su alejamiento de los componentes de la Asamblea de ancianos vino del descubrimiento de una de esas poblaciones en ruinas que fueron habitadas por los Antiguos.
En uno de sus recorridos buscando nuevas pastas con la que elaborar piezas o pigmentos, el viejo se topó con los restos de un grupo de construcciones regulares de forma circular con claras muestras de haber tenido diferentes funciones. En una de estas zonas adobes dispuestos formando figuras geométricas y con restos de pigmento que demostraban haber sido pintados estaban junto a restos de cerámica con decoración a peine, vasijas importadas desde el Levante elaboradas a torno cuando éste no se conocía aún por estas tierras e incluso una pieza parecida a una clepsidra, junto a los huesos calcinados que entendió como lugares de culto o incluso sagrados.
El Consejo de Ancianos desestimó sus palabras y no quiso que se conociera en la población los restos de las edificaciones encontradas por lo que ordenó su cubrimiento y el silencio al viejo.
Cerrar los ojos a aquello que despierta su curiosidad es algo que nunca había permitido y desde ese momento, dejó para sí mismo aquellos descubrimientos que de vez en cuando aparecían en sus recorridos cotidianos.
De forma personal y creyendo ciertamente que no ofendía a los dioses, mantuvo un reconocimiento hacia esas gentes que vivieron antes en aquellas agrestes tierras y que le legaron su cerámica, sus espacios de poblamiento e incluso muchas de sus armas y herramientas.
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El consejo de Ancianos invocó a Lug y llegaron a la conclusión de que la zona del Ara debía ocuparse por su facilidad defensiva a estar rodeada de dos ríos y necesitar únicamente en su zona exterior de la construcción de murallas. Además, el Ara permitía una conexión para embarcaciones con Kolouniocu. La nueva población heredó el nombre del antiguo castro denominándose Penna Ara.
Sin embargo, el Nemeton, santuario al aire libre donde se encuentran los hombres y los dioses no se trasladaría ni se buscaría una alternativa.
Situado en un promontorio rocoso al norte del viejo castro, en sus paredes se han ido grabando desde que se tiene conocimiento del tiempo, numerosos motivos geométricos y figurados, junto a una cantidad importante de inscripciones, entre las que actualmente se pueden encontrar algunos epígrafes latinos. Toda una señal de que el santuario sigue siendo vinculado a las divinidades celtíberas, aunque hay textos íberos, celtas y de otras culturas cuyos componentes han pasado por estas tierras.
Como en otros lugares, la inscripción más habitual es el comeimu, una especie de testimonio de la celebración, en el risco, de una peregrinación y reunión consagrada a Lugos en la festividad de Lughnasadh.
Pero esa vez los miembros de la comunidad van a participar en un ritual dedicado a una divinidad ignota. Maulia está radiante pues conoce de oídas esta festividad, pero nunca antes ha podido participar. Cada participante se hace acompañar de un juego de cerámicas decoradas pero que no deben tener ninguna representación animal ni humana.
La mesa - altar donde se va a ofrecer el sacrificio de una veintena de grandes mamíferos junto a los quince asientos destinados a los jerarcas e invitados especiales a la ceremonia ocupa el centro del espacio y sobre ella, se coloca el instrumental relacionado directamente con el sacrificio y la ingesta colectiva como cuchillos, parrillas, calderos, etc.
Los recién llegados van ocupando sitio en los alrededores de la mesa y se alumbran con foculi o contenedores de fuego gentilicio, verdaderas copas decoradas a base de espacios calados para que salga la luz.
La luna nueva tiene una energía de renovación. Todas las personas congregadas se levantan y tras beber un gran trago de caelia, bailan y giran sobre sí mismas en contacto con los dioses. Los conjuros necesitan ser dichos en la antigua lengua, por lo que sólo los viejos sabios pueden realizarlos de manera apropiada, en el momento correcto y preciso. Cuando hay luna nueva, su energía purifica nuestro ser, así que un ritual sencillo que todos pueden hacer es estar al aire libre en la explanada, gritar fuerte mientras bailan desnudos alrededor de una vasija con agua del Ara, prenden alguna planta aromática y una antorcha gruesa de luz blanquecina. Maulia y el viejo, como tantos otros piden sus deseos a esa agua que se está purificando y cargando con la energía lunar, a la cual dejan expuesta toda la noche junto con los las plantas aromáticas y las antorchas las cuales se deben consumir a lo largo de la noche. Cuando amanezca, regarán su hogar con esta agua para esparcir la fuerza de los deseos que se van a cumplir.
También se aprovechaba para, con la luna nueva, consagrar y santificar aquellos objetos más preciados como pulseras, collares. herramientas o armas. Los instrumentos que escojamos se cargarán de pureza, ya que la energía de la luna los limpiará. Como primer paso, toman el objeto seleccionado para posteriormente sostenerlo a la altura del pecho, mientras que con la mano derecha lo rozan, lo que transmitirá la energía lunar. Durante este proceso, se debe visualizar la blanca luz de la luna que debe penetrar el objeto.
Ya de madrugada, los restos de copas y cuencos emplazados en el espacio que se abre en torno al santuario, permiten ver estragos del banquete comunitario que era, al fin y al cabo, un emotivo acto de cohesión social que algunos denominaban Samonios a semejanza de los pueblos galos.
El traslado al nuevo emplazamiento, el abandono por parte de la juventud del mismo buscando enrolarse en los ejércitos extranjeros como mercenarios y por tanto, la menor capacidad de mantenimiento de las estructuras comunes, fueron deteriorando el enclave hasta su población residual actual. Así, se encuentran algunos conjuntos de cazoletas y canalillos que fueron dispositivos rupestres culturales en los que hacer libaciones y sacrificios animales.
También la llegada de la guerra a Numantia ha ido vaciando las poblaciones del espacio arévaco. Muchos jóvenes intentan romper el cerco a la ciudad para integrar sus huestes contra los invasores y otros muchos se alejan del conflicto buscando un nuevo lugar donde vivir, aunque sea a costa de estar sometidos al enemigo.
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A los pies del viejo castro se producen grandes humedales debido a que el nivel de los ríos era mucho menor que el existente en los meses de estío, lo que supondría una menor jerarquización fluvial y un mayor nivel freático y la existencia de importantes pastizales para la creciente cabaña ganadera. Ahora bien, esos mismos pastizales se reducen mucho durante los días de calor intenso, empeorando los pastos para el cuidado de la mayor parte del ganado, pero dejando suficiente para el que se presenta a la asamblea para el trueque.
Aunque Penna Ara está habitado por Arévacos, tiene una fuerte presencia vaccea que incluso, en muchos casos ha impuesto la expansión de su modelo de poblamiento por la zona occidental del territorio celtíbero. Además, la intensa relación entre ambos pueblos se garantiza en los intercambios que logran hasta una cierta homogenización en las costumbres y en ambas culturas siempre sin llegar a la suplantación de un pueblo por el otro.
La llegada del Consejo de Ancianos o de Seniores, abre el periodo de mercado y la posterior Asamblea de las Doce Lunas. Antes de ellos, numerosos artesanos han montado sus puestos para presentar sus productos que serán comprados o intercambiados por materias primas, productos manufacturados o cereal. A cambio, se ofrece el uso de pastos en altura para el verano, la venta de reses y caballos y la estrella de la oferta celtíbera: el hierro de las alturas de Aratikos.
La ganadería es el elemento que representa la riqueza. Los animales más comunes presentes en el mercado son las ovejas y las cabras y en menor medida los bóvidos y el ganado porcino. La venta de ganado vacuno es muy rara. hay que tener en cuenta que además de servir como fuerza de tracción, contribuye también al aporte de leche, quesos o requesones, pieles y cueros, así como el aprovechamiento de sus cuernos para las colodras y cucharas y la fabricación de otros útiles. la venta de semejante riqueza sólo viene de la opulencia o la tragedia. Uno de los jerarcas con gran cantidad de ganado puede desprenderse de alguna res en el mercado o alguna familia no tiene para pagar los tributos y vende su principal fuente
de alimentos para poder abonar los pagos. Algunos tienen que ofrecerse como guerreros para poder seguir con vida.
El viejo muestra sus cerámicas y aunque es conocida su maestría con la arcilla, los keramikos vacceos también llevan buenas piezas con una decoración propia y en ocasiones productos de comercialización con las gentes del sur a través de la ruta de la plata.
Pero esta vez el viejo está más interesado en obtener información sobre la vasija rota que recogió de la caravana que en buscar nuevos clientes. Por eso se acerca a los puestos de kerámikos vacceos y les muestra los trozos de arcilla.
La evolución de la forma de esta pequeña vasija y la desconocida técnica para su elaboración le tienen intranquilo. De sus contactos con los kerámikos de Numantia, ha conocido la existencia de una nueva herramienta, un torno que se acciona con el pie, que permite hacer las piezas más grandes y de paredes más finas y que en Segeda se ha llegado a la elaboración de vasos polícromos, dejando a un lado los habituales motivos simples geométricos, los círculos concéntricos y la única utilización del color marrón oscuro.
A pesar de ello, el límite de las cerámicas que su pueblo puede elaborar está marcado por las arcillas que utilizan. Los kerámikos celtíberos, sólo manufactura terracotas e incluso, existen diferencias tecnológicas notables entre las piezas más antiguas, elaboradas a mano y cocidas en atmósfera reductora, con decoración incisas e impresas y que eran cocidas en estructuras no permanentes con las cerámicas que fueron una adaptación de las correspondientes al mundo íbero del Levante.
La verdadera revolución viene de la mano del control de la temperatura, influenciada por el notable desarrollo de la fabricación del hierro y de la adopción del horno de doble cámara, que permiten la obtención de productos más uniformes y de mayor calidad, temperaturas de cocción más elevadas y un uso más racional del combustible.
Los vacceos han visto antes piezas de nuevas formas y colores. Incluso las están imitando, aunque únicamente usan una línea roja más intensa que el fondo del vaso entre dos líneas negras más finas. Los motivos figurados, a diferencia de Numantia y Segeda, no han calado entre sus piezas. Pero la
pieza que les muestra el viejo no la conocen. Debe proceder de más allá de la Idubeda donde, tras la caída de Segeda en manos de los invasores, los pueblos de la Celtiberia se abren a la influencia de los extranjeros. Se habla incluso de pequeñas piezas de metal que sirven como pago por las cerámicas y otros objetos, que llevan el nombre de quien las emite y que permiten disponer de una bebida elaborada a base de uva.
Cuando toca recoger, el viejo compra un pequeño cordero al pastor que tiene su puesto junto al suyo. Con este ejemplar espera disponer de un complemento para su pequeña tierra de cultivo ya que aprovechará los pastos de las rastrojeras abonando al mismo tiempo con sus excrementos la tierra y cuando sea adulta, podrá usar su leche y derivados lácteos para mejorar su alimentación. La lana del animal la venderá, pues ya no tiene una compañera que pueda fabricar prendas de vestir en el invierno como el conocido sagun, que es un abrigo muy apreciado por su capacidad de combatir los rigores climáticos. Algunas ciudades arévacas, pagan sus tributos a las fuerzas extranjeras con abrigos como esos pues son muy apreciados por los bárbaros del Levante.
CUARTO. EL PRINCIPIO DEL FINAL
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El viejo recuerda que todos los problemas comenzaron con el abandono de las tradiciones que los ancestros. Lo que parecía el mayor desarrollo de la cultura arévaca y su máxima expansión basada en la asimilación de elementos mediterráneos, en especial ibéricos, que llegó a cambiar desde el aspecto de los poblados, con un carácter más urbano, hasta la elaboración de las piezas cerámicas se tornó en una simple asimilación de costumbres extrajeras. También cambiaron el reparto de las tierras y las reses y la ocupación intensiva del territorio que forjó el alzamiento de unos pocos cabecillas que formaron la élite guerrera de tipo gentilicio de forma similar a los bárbaros que se enfrentaron en los territorios que estaban bajo el dominio celtíbero.
Las poblaciones se hicieron más grandes y más alejadas unas de otras y por tanto con menor dependencia y menor sentimiento de unidad. Antes el viejo tardaba media jornada en llegar a las poblaciones donde vendía sus cerámicas. Ahora las ciudades vacceas y arévacas están más lejos y se necesitaba una jornada para llegar por las vías usadas por la trashumancia.
El motivo alegado por los jerarcas es la posibilidad de que las pequeñas poblaciones dependientes de los oppidas caigan en poder de facciones rivales y suponga la pérdida de riquezas y poder.
Pero esto facilita la conquista de los invasores que llegan desde allende el mar. Escipión, después de su fracaso contra Pallantia, atraviesa el territorio vacceo en dirección a Numantia por el camino del Duero. Parte de sus tropas auxiliares conocen esta tierra, pues nacieron y crecieron en ella, y recuerdan que la miseria producida por la acumulación de la riqueza en manos de unos pocos, les empujó a lanzarse al pillaje en primer lugar y a enrolarse en los ejércitos invasores después como mercenarios. Nada tienen que objetar a la invasión romana de las tierras de sus padres; nada harán para evitarlo.
Numantia encabezó la resistencia celtíbera contra el invasor al atacar un jerarca enemigo llamado Nobilior primero contra Segeda y luego acercando sus huestes hasta los límites de la ciudad arévaca. Fue una dura resistencia de veinte años en los cuales uno tras otro de los de generales enemigos fueron derrotados por las fuerzas celtíberas. Hasta la llegada de ese caudillo causante de la destrucción de Cartago que cercó la ciudad con siete campamentos militares y dos fortines navales para controlar el abastecimiento y la entrada de tropas en Numantia a través del Duero.
Después de once meses de brutal asedio, la ciudad cayó por inanición, tomándose la muerte cada uno de sus defensores a su manera. A los que les faltó el valor o las fuerzas para suicidarse, los capturaron y fueron vendidos como esclavos. La ciudad fue arrasada y repartidos sus territorios entre celtíberos traidores que habían combatido contra los arévacos junto a los invasores. No tardarían en sufrir los mismos castigos a manos de sus ahora aliados.
Las ciudades arévacas comenzaron a tener claro que el problema de la guerra traía nuevos reveses con la limitación de la trashumancia. La ganadería celtíbera, alterna los pastos de los valles, en el invierno, con los de las altas sierras, en el verano, lo que constituye un complemento a la deficitaria producción agrícolas en el este del mundo arévaco. Con la llegada de los ejércitos enemigos, se dejarán de explotar los montes de encina y sabina, así como los humedales y zonas pantanosas por el riego de razias y saqueos de los animales. Estas zonas lacustres que siempre fueron un referente importante para la ganadería, ya que ofrecían la posibilidad de mantener la frescura de los pastos en la estación del estío, evitando los desplazamientos hasta las altas cumbres han dejado de ser seguras. Las bandas de saqueadores e intendentes de los ejércitos en liza se llevan el ganado sin abonar su coste y, en ocasiones, asesinando a los cuidadores del mismo.
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El primer testimonio de la guerra numantina se presentó a las puertas de la población. Una mujer herida y una pequeña llegaron hasta las murallas. Ambas tenían claros síntomas de agotamiento. Se habían librado de la muerte y de la captura por una cuestión de suerte. Eran parte de una familia de kerámikos que, al vivir apartados en un barrio de la ciudad, pudieron cruzar el río y huir en dirección oeste.
Ni siquiera eran arévacas, sino del pueblo de los Belos. Antiguos habitantes de Segeda que se habían instalado en la ciudad cuando tras la ampliación de las murallas los ejércitos invasores presentaron batalla en la zona. Los Belos y los Titos eran considerados aliados de los invasores y habían dejado a su propia gente en manos de los enemigos. Se sabía, incluso, que una delegación de ambos pueblos había visitado la metrópoli en calidad de representantes de pueblos amigos, mientras que los representantes arévacos tenían prohibida la entrada al senado por ser parte de las fuerzas enemigas. De hecho, la mayor traición cometida por Belos y Titos fue la petición de continuar la guerra contra los arévacos y los segedenses para poder cobrarse la recompensa en tierras ofrecida por los invasores.
La mujer y la niña habían retrocedido ante los combates de derrota en derrota dejando atrás poblaciones que se preparaban para el combate pero que caían ante la fuerza bruta de los asaltantes.
Primero pensaron detenerse en Kolouniocu que disponía de formidables murallas donde resistir, pero al final, la mujer determinó que mejor sería una pequeña población que no hiciera frente al enemigo y por ello les fuera perdonada la vida.
Su llegada a Penna Ara y las noticias de los desastres militares confirman la inminente llegada de la guerra a este rincón de la ribera del Duero. La población se revolucionó. Se habló de preparativos defensivos o de ofertas de paz. Incluso la asamblea de iuniores se reunió y acordó la marcha de jóvenes guerreros que se alistarían en las fuerzas invasoras lo que permitiría
a la población buscar una forma de no intervenir en los combates de manera parecida a Uxama que había podido esquivar el conflicto a base de negociar su posición.
Tras lograr dejar a la niña al cuidado de una familia que vivía cerca del viejo, la mujer sucumbió a las heridas y al cansancio y falleció. La pequeña jugaba con el barro del suelo haciendo pequeños cacharros cuando éste la observó con atención y se acercó a preguntarle donde había aprendido a hacer aquellas piezas. La niña le miró con sus grandes ojos y sentada en el suelo comenzó a hablar sin parar. de prisa, escamoteando palabras y utilizando expresiones que el viejo no comprendía.
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Me llamo Lagni. Mi abuela era kerámika y dicen que mi mamá también lo era, pero se murió cuando yo tenía seis años. Aprendí de la abuela.
Vivíamos de la agricultura. Sembrábamos las habas, el trigo. De ahí sacábamos el pan, la harina tostada y todas esas cosas. Teníamos conejos, cabras, ovejas. No mucho, porque era un corral pequeño. Cuando había, teníamos que preparar el trigo para la harina. Cuando no había trigo se hacía con castañas. Además, teníamos que ir a buscar el pasto y hacerles comida a los animales. Mi misma mamá, mi abuela, ella hacía todo. Tostaba la harina, y todo era trabajo. Ella decía: «Hay que comer pan, así es que hay que trabajar». Tempranito nos mandaba a hacer todas esas cosas: a hacer nuestro huertecito, partir la tierra, pedirle a la misma Tierra que nos diera la fuerza y nos regalara el fruto para comer.
Con mi hermana siempre ayudábamos a la abuela a traer el agua del río en pieles de animales, a sembrar con una palita chiquitita. Ella iba arando y nosotras íbamos atrás con la palita. No me arrepiento de haberme quedado con la abuela. Fue el orgullo más grande, porque de ella aprendí todo. Ella nos crió y no nos abandonó. Yo doy gracias a los dioses por todo eso.
Yo abrí los ojos ayudando a la abuela. Cuando me di cuenta, ya estaba trabajando con ella, ya estaba ayudando. Como seis años tendría cuando tenía que trabajar la cerámica, y ya a los nueve sabíamos el proceso completo con mi hermana. Teníamos que ir a buscar la terracota al cerro. Partíamos en burro y con sacos, y a veces hasta dos días nos demorábamos. Ahí dormíamos mirando las estrellas, y en la noche nos preguntábamos: «¿Por qué las estrellas corren?», y la abuela nos iba respondiendo. Y cuando le decíamos que queríamos hacer algo, nos daba un poquitito de terracota, porque nos decía que eso valía mucho, que al burro le costaba mucho ir a buscarla y a nosotras más, así es que era muy cara. Desde entonces yo empecé a valorarla, y si hacía algo, tenía que hacerlo bien y sentir amor por eso.
La arcilla es mágica. ¡Tiene sabiduría! A veces ella me quiere modelar a mí. Nos modelamos las dos. Somos amigas. Hay que quererla para que se deje hacer. Y respeto, hay que respetarla mucho. A veces cuando una pieza se me rompe, igual la guardo, porque ha sido hecha por la mano. Imagínese todo lo que hizo esa mano.
El viejo la deja hablar. La niña ni siquiera se da cuenta de que está llorando. Tiene hipo y moquea, pero parece que hablar le hace bien. Se está desahogando. Aunque algunas de las cosas que cuenta al viejo le traen viejos recuerdos, otras, ni siquiera las entiende. Deben ser formas de trabajar la arcilla de aquellas tierras. Lagni, sigue contando cómo se encargaba de sacar la arcilla.
Para sacar la terracota, llevamos la barreta, que le llaman, una pala y serones de piel de oveja. Hasta donde yo la recojo tenemos que caminar mucho. Hay que sacar la arcilla cargándola a la espalda y después lavarla. Eso cuesta, porque si tú llenas un balde, la mitad te va a salir buena y el resto tienes que tirarla. Se encuentran arcillas muy buenas y otras con mucha piedra, tierra, arena.
Para modelar las piezas, trabajo con una paletita de hueso, que es de cadera de algún animal. Uso trozos de piezas viejas del mismo material que se han quebrado y con palitas de madera que tengo.
Yo, trozo de cerámica que encuentro, lo transformo en herramienta. También me fijo cuando vamos caminando y si veo que me sirve un barro, me llevo y lo pruebo. El viejo está asombrado de la capacidad de una niña tan pequeña.
Yo sé cocer de dos formas. Ancestralmente, como la hacía mi abuela, se hace con bosta de ganado. Cuando van las ovejas al corral, quedan como planchas de estiércol que una va sacando. Este tiene que estar bien seco. Se tapan las piezas con eso. Y luego se cuecen con un poquito de leña y chamiza, que es leña menuda utilizada para encender y para hacer fuego, para que agarre y no se apague. La otra forma es con horno. Ayudaba a mi abuela a cargar la parte de arriba del horno y también a llevar cargas de leña junto al horno durante la cochura.
Poco a poco el cansancio hace mella en la niña y sin darse cuenta se queda dormida. El viejo la coge en brazos y la acerca hasta el lecho. Después se
queda pensando en todo los que ha oído y decide que hará de la niña una gran keramika.
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El viejo se encamina hacia la zona principal de Penna Ara donde dispone de una tradicional casa perteneciente a su grupo familiar en la que, en ocasiones, guarda aquellos artículos que por su valor no desea tener en el taller. Las casas celtibéricas son las típicas de planta rectangular y tripartita, con cierta diferencia de anchura entre ellas e incluso algunas como la de nuestro protagonista, con dependencias añadidas a modo de almacén. La población estaba organizada en grupos de casas de unos 30 m de ancho, ordenadas en dos hileras de casas abiertas por uno de sus lados estrechos, cada una a una calle, y estableciendo medianería por el lado estrecho posterior y uno de sus lados largos.
Dos grandes calles que se cruzan por su mitad comprenden la principal vía del lugar y en la unión de ambas es donde se dirige el viejo. La primera habitación, que es la más pequeña suele estar vacía por ser el lugar donde se realizan las tareas domésticas. Todavía tiene grabada en su mente a Maulia trabajando frente a su telar mientras él decora alguna vasija de especial interés que llevará hasta Numantia para su venta. Por el contrario, la habitación grande está repleta de materiales que, a pesar de su deterioro por lo poco que acostumbra a venir, conserva una distribución ordenada. Cualquiera diría que la mujer estaba a punto de traspasar la puerta para reñirle por llegar tarde y sucio de barro. En la sala se aprecian tres zonas perfectamente diferenciadas: los dos extremos destacan por la presencia de grandes vasijas de contención de alimentos (dos en el lado norte y tres en el sur), ligeramente encajadas sus bases en el suelo natural apisonado y, en torno a ellas, abundantes elementos de vajilla.
Por el contrario, el espacio central suele estar despejado para poder ejercer las distintas actividades de la vida de una familia arévaca. Observa que por el suelo se encuentran los trozos de las piezas que estaban guardadas en una alacena que estaba situada sobre un banco corrido de la pared oeste.
La mayoría de esas piezas pertenecieron al ajuar de uso diario y su mirada se dirige a los restos de copas, cuencos, ollas, vasos, jarros o bock, jarras, pucheros, tapaderas, morteros, grandes vasijas, fichas y canicas. Incluso se han desperdigado los útiles de metal de los que Lagni estaba orgullosa
como agujas de coser, chapas, punzones de hierro enastados en sus mangos de hueso, cuchillas, pesa de piedra y un anillo de bronce.
Con pesadez recoge los objetos de su añorada compañera y lanza una mirada cargada de desdén a los restos cerámicos. La tristeza le pesa en el corazón y sale de allí para evitar pasar el resto del día melancólico.
Desde la puerta observa una de la Tabulas situada cerca de su casa, en el edificio destinado a la recaudación de tributos. Como en otros lugares aparece un listado de más de 250 personas -varones, mujeres y niños- que merecieron por su tenacidad durante la construcción del nuevo asentamiento, figurar como fundadores de la misma. El nombre del viejo figura entre ellos junto al de Maulia en la celebración de un acto solemne, de carácter oficial y público que imitaba formas y modelos de los pueblos invasores. Fue un intento de dar a conocer una organización distinta al populus tradicional celtíbero.
El edificio de adobe donde está expuesta la placa de bronce, forma parte del hórreo con el pórtico asociado que corona la ciudad y que obedece a su condición de almacén público para la recolección y custodia del grano con el que la población hacía frente a sus obligaciones fiscales.
Lo mejor es volver al taller y preparar la cocción de las piezas que tiene preparadas. Pero no puede dejar de recordar el inicio de su matrimonio con Maulia.
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Su llegada con una caravana que había sido atacada por bandas de jóvenes dedicados al pillaje no pasó desapercibida. Menuda, hermosa y valiente, a pesar de la experiencia recién vivida, la mujer se acercó hasta la vivienda donde estaba terminando de decorar una vasija que debía partir hacia Numantia.
Necesitaba de una pieza para lavarse y recomponer su aspecto, pero los asaltadores se había llevado todos sus bienes y ella estaba dispuesta a realizar alguna tarea doméstica para pagarse la vasija y algo de comer.
El primer problema acudió a ellos al comprender la distancia entre los lenguajes hablados por los arévacos y esta mujer venida de los pueblos de Levante, que se basaban en raíces muy diferentes. A pesar de ello, cuando la lengua celtíbera se plasma en textos escritos se utiliza los caracteres de aquellos pueblos, por lo que poco a poco fueron aprendiendo a comunicarse. Y ella se quedó.
Aunque el taller kerámico ya conocía las decoraciones con pintura vinosa geométrica y figurativa, el viejo no la había usado casi nunca hasta la aparición de Maulia, y por facilitarle su adaptación a un pueblo tan diferente al suyo, poco a poco fue integrando, bajo su mirada, elementos decorativos a sus piezas. Estos cambios le permitieron, además, hacer una cerámica más novedosa y demandada por las gentes de Penna Ara y del resto de la comarca. Incluso desde Numantia se pedían grandes vasijas decoradas con estos motivos que no podían considerarse como una artesanía original, ya que sus rasgos tecnológicos más característicos como son el empleo del torno, la cocción predominantemente oxidante en hornos de doble cámara y la utilización de pigmentos en la decoración de las piezas fueron progresivamente importados desde las zonas íberas del Este peninsular, aunque en esta zona de la meseta se adoptaron estos recursos a las propias necesidades y a su propio lenguaje simbólico.
Ante la escasez de elementos originales de aquellas tierras, el viejo contaba con la inestimable ayuda de Maulia para completar sus vasijas, dándole un
toque personal y permitiendo que las novedades llegaran hasta este rincón del final de la Celtiberia.
Sus vidas habían cambiado y se había abierto a nuevas ideas y formas de pensar. Hay que tener en cuenta que la organización social celtíbera es mucho más igualitaria que la del Levante a pesar de las fuertes diferencias en el control de los bienes y que tenía una economía menos intensificada en un territorio con mayores limitaciones productivas que los fértiles campos de donde sale el sol.
Una de las primeras acciones de Maulia en su nuevo hogar fue la crear un Ara dedicado a las Matres, adoradas por sus virtudes curativas y de fertilidad. Las representó con el habitual cesto de frutos sobre las piernas. Las tres figuras mostraban un semblante sereno, que proporcionaba paz. El Ara era una mezcla de la tradición celtíbera, que no realizaba una representación figurativa de las tres imágenes y la tradición bárbara de la Germanía, que sí hacían representaciones de las figuras. En Kolounioco, el teónimo de Matres va acompañado de un adjetivo, que en realidad es el topónimo local de Matribus Brigeacis. Esto lo había aprendido de un grupo capturado durante el intento, fracasado, de invasión de la costa por parte de un grupo de guerreros del norte. Entre los bienes que traían con ellos, había una representación de las Matres de Germania que Maulia perdió con el resto de sus posesiones.
Un día, el viejo quiso darle una sorpresa a Maulia y organizó una visita a una cueva donde existe otro nemeton del que se desconoce por quien fue creado entre la multitud de gentes que se han establecido en esa zona. Determinar la procedencia de los primeros pobladores del santuario es complicada, dado que las ciudades celtíberas están alejadas de la cueva por lo que parece razonable pensar que serían los habitantes de los asentamientos localizados en los alrededores. El problema es que prácticamente todos los restos existentes hacen pensar en un enclave íbero o de personas de esa cultura establecidas en estas tierras tan lejanas al territorio de sus pueblos. La actualidad lo convierte en un santuario sacralizado de convergencia entre comunidades tan diferenciadas como son la celtíbera y la íbera. Es como si fuera un punto de atracción religiosa para distintos sentimientos en una misma comunidad.
Está convencido de que ese lugar puede reconfortar a su mujer y permitirle mantener una especie de contacto con su pasado. Resulta imposible
determinar cuándo comenzó la frecuentación religiosa de este pequeño santuario, ya que las muchas inscripciones existentes no son sino la primera visualización de una actividad cultural cuyas raíces deben ser más antiguas.
Para poder explicar a Maulia lo poco que el viejo conoce de este lugar, le guía por el camino que comienza paralelo al río Duero percibiendo al caminar la quietud y el sosiego del correr del agua entre los carrizos, junqueras y pequeñas arboledas, armonizado por el canto de carboneros, herrerillos, mirlos o jilgueros.
Poco después de dejar atrás el gran río la ruta se adentra en un bosque de encina y sabina, abandonado la vega del Duero, tomando contacto directo con la campiña. Un estrecho paso conduce a las inmediaciones de una antigua cueva en cuyas paredes aparecen centenares de epígrafes en alfabeto íbero, en su mayoría con carácter votivo. La mayoría de los grafitos, se encuentran junto a grabado hechos por los antiguos hombres y mujeres que vivieron en cuevas y pintaban las paredes de las mismas con cérvidos y caballos, lo que para todos los habitantes de estas tierras tiene una significación religiosa, que, de este modo, incorporan una iconografía preexistente a su propio ámbito cultural.
Al regresar hacia Penna Ara, Maulia tiene los ojos brillantes y un semblante feliz. Volverá a este lugar y podrá ponerse en paz con sus propios dioses sin tener que faltar el respeto de las divinidades de aquellos que la han acogido.
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Las tareas del taller kerámico siguen su curso habitual. Cuando las piezas están secas se procede a aplicar la decoración, generalmente en las superficies externas de la vasija. Más de la mitad de las vasijas elaboradas en el taller están decoradas, en su mayoría con pigmentos aplicados con pinceles a los que se unía el compás en el caso de motivos circulares y en menor medida las decoraciones estampadas con la ayuda de punzones fabricados con asta de venado.
En la decoración pintada predominan los motivos geométricos por encima de los figurativos y a veces se emplean hasta tres tipos de pigmentos: uno de color negro elaborado a partir de materiales ricos en manganeso; otro de color rojo obtenido a partir de arcillas ricas en hierro y por último uno de color blanco obtenido a partir de arcillas como el caolín.
Los pigmentos se aplican mayoritariamente sobre cerámicas oxidantes para facilitar su visualización. Por el contrario, el estampado se reserva para los recipientes de cocción reductora.
El día que se iba a cocer, las piezas eran dejadas más tiempo sin moverse al sol para que se terminaran de secar y se calentaran antes de cargar el horno.
La hornada se compone de piezas de cerámica como copas, cuencos y vasos pintados con línea negra: círculos y semicírculos concéntricos, franjas horizontales metopadas y ollas grises con decoración estampillada de círculos concéntricos.
Sin embargo, la pieza principal es un Vaso que destaca por su peculiaridad decorativa y de forma bitroncocónica, pequeño cuello y borde exvasado.
La decoración, como es usual en este tipo de grandes vasos, se desarrolla en la zona superior entre el borde y la carena central, por ser la más visible, al estar depositados en el suelo. Previamente a la realización pictórica con línea negra, se le aplica una capa de engobe blanco.
El esquema decorativo se desarrolla en horizontal, de forma continua, interrumpido por dos anchas franjas verticales, a modo de metopa, que enmarcan de forma repetida la representación de dos figuras híbridas contrapuestas con cabeza de caballo y cuerpo serpentiforme. Los elementos verticales de la decoración están compartimentados en tres ámbitos: uno superior con dos tetrasqueles, en dirección levógira; otro central con cuatro esquematizaciones de peces, que confluyen en el centro, tocando cada uno con su “boca” los vértices de un pequeño cuadrado y el inferior con dos esquemas triangulares, a modo de soportes de los campos situados encima.
Los cuatro caballos serpentiformes presentan un esquema decorativo similar: cabeza con el típico hocico aflautado, finas orejas puntiagudas y grandes ojos, que miran fijos y frontalmente, algo muy característico de los artistas numantinos y que pasa por ser el tipo de decoración de esta parte de la Celtiberia. El cuerpo serpentiforme está decorado con elementos triangulares, presentando dos espacios trapezoidales al final, decorado el más interior con un aspa y el exterior o extremo con un tetrasquel en dirección levógira, que coinciden con los representados en las franjas verticales; trazos de líneas vermiformes se disponen por debajo de estos híbridos, rematando la franja decorativa, a la altura de la carena, con una serie de semicírculos concéntricos, dispuestos hacia abajo.
El horno de Penna Ara era demasiado grande en la actualidad. Estaba pensado para muchos keramikos y ya sólo quedaba el viejo trabajando. Por ello, sólo cocía una vez al mes.
Como todos los hornos que ha conocido, el que está usando está dividido en dos alturas: en el inferior se haya la caldera y en el superior la cámara de cocción.
La caldera, de aproximadamente nueve pies, está separada de la cámara de cocción por seis arcos de adobe, que se cortaban perpendicularmente tres a tres, formando la base del horno. Sobre ellos se colocan las piezas durante la cocción.
Por su parte, la cámara de cocción mide unos veinte pies de altura y se levanta sobre la caldera. Por fuera es de cal y canto, y por dentro está forrado de adobes y barreado con tierra y paja. Su cubierta de reja va provista de doce caños de barro, de medio pie de diámetro, repartidos a
modo de corona por su superficie, y de una boca central de dos pies de diámetro. Por estos respiraderos es por donde tira el horno durante la cocción.
Tanto la caldera como la bóveda tienen sendas puertas de acceso. La de la primera sirve para atacar la leña necesaria, la de la segunda para meter y sacar las piezas.
A media mañana, cuando las piezas llevan un tiempo al sol, comienza la carga del horno con la colocación de cascotes sobre los arcos hasta lograr una capa de cierta consistencia. Entonces, con la ayuda de dos jóvenes de la población a los que va pidiendo las piezas para meterlas en el horno, la carga se hace con cierta rapidez.
Directamente encima de los cascotes, se colocan las piezas más grandes y en el centro de ellas el Vaso de los caballos serpentiformes. sobre ellas, las piezas algo más pequeñas como platos, cazuelas o tarros.
Todas ellas se colocan boca abajo, asa sobre pie y enrasadas perfectamente para evitar derrumbamientos. En este horno, las piezas a cocer se encañan desde los cascotes poniendo alrededor del viejo todas las piezas hasta quedar totalmente encerrado. Entonces sale del hueco, se sube a un tablón atravesado entre la puerta y la pared de enfrente del horno y desde allí empieza a llenar el hueco dejado por su cuerpo, descendiendo las piezas hasta igualar la altura de las demás. Después repite el proceso volviendo a colocar piezas a su alrededor hasta quedar nuevamente encerrado y en este momento sale del horno, coloca de nuevo el tablón y dispone en el lugar más piezas hasta que la falta de espacio le obliga a abandonar definitivamente la cámara de cocción del horno y terminar de llenarlo desde fuera para no dejar ningún hueco.
A continuación, que el viejo denomina encañar, termina con el cierre de la cámara de cocción con adobes y barro. Los ayudantes ocasionales se van rápidamente y el viejo comienza a atacar la caldera. El combustible empleado para este fin varía según se trate de un horno de piezas de uso común o de las piezas con decoraciones de estilo numantino. En el primer caso, como la temperatura necesaria es menor, se usa paja y junco. En el segundo se utiliza jara, retama, aliaga o leña fina.
Una hornada de áspero o de vasijas de uso común sin decorar necesita de unas cuatro horas de temple introduciendo el combustible de forma espaciada y en pequeñas cantidades y una subida de fuegos de hasta seis horas metiendo caldas con mucha más frecuencia hasta alcanzar la temperatura.
Pero esta vez, la carga del horno tiene piezas muy valiosas, con decoraciones en uno, dos y hasta tres engobes y por tanto, la cocción llevará hasta dieciséis o dieciocho horas, siendo las cuatro últimas de fuego más flojo cuando además, el cansancio ya hace mella en el cuerpo del viejo.
Durante todo este proceso, el control del calor es de suma importancia, porque por un fuego excesivo las piezas se arpan, presentando después grietas irreparables o se astillan, o se pasan de fuego, torciéndose y ennegreciéndose sus decoraciones. Por el contrario si el calor no alcanza la temperatura necesaria por falta de combustible o porque, cansado del trabajo, el viejo se duerma, la hornada sale falta, siendo preferible, en cualquier caso, este error al primero, porque como dicen los antiguos: el horno falto levanta al amo, ya que basta con cocer de nuevo las piezas que lo necesiten para que queden perfectamente.
La observación de la marcha de la cocción era, por tanto, importante y se consigue por medio de varios procedimientos que sirven para saber si es necesario atacar o al contrario distanciar las caldas. El viejo se orienta por el color del barro, que pasa durante la cocción de marrón a rojo. Con este dato, la altura y el color del fuego que sale por los caños puede conocer a la perfección el estado de la cochura. Cuando los fuegos están arriba, la cocción está prácticamente terminada y puede abandonar la tarea hasta que termine de enfriarse.
Una vez enfriado, tras descansar y darse un baño en el cercano Ara, el viejo vacía el horno invirtiendo el sistema de carga. Si los ayudantes no se olvidaban, las piezas son recogidas por ellos y colocadas en el suelo del taller para su posterior revisión. esta revisión le permite observar una serie de posibles defectos además de los derivados de la intensidad del fuego, como que se manchen las paredes de las piezas decoradas o las pequeñas arpaduras que se cierran con una pasta de cascote machacado y cocido disuelto en agua con algo de barro. Si los defectos son grandes, los cacharros de hacen pedazos y en forma de cascotes se les da otros usos.
Cuando salga del horno, intentará llevar la pieza principal con los caballos serpentiformes por el río Ara hasta la principal ciudad arévaca, aunque quizás pueda colocarla en Kolouniocu y evitarse las seis jornadas de camino entre ida y vuelta.
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Finalmente tuvo que ir hasta donde se está levantando la nueva Numantia. Usando la vía natural de acceso a la población arévaca a lo largo del Duero, se llega hasta la misma ciudad situada en el Alto de la Muela. Más que una ciudad, la ciudad fundada por los arévacos es una gran aldea con grandes espacios destruidos y restos de incendio por todas partes. Una versión inmensa del pequeño castro de Penna Ara en rápido crecimiento tras la barbarie.
En su momento tuvo que ampliarse para acoger en sus nuevos barrios a las gentes de Segeda que llegaron huyendo del ataque de las fuerzas invasoras. Pero toda esa zona está abandonada. Sólo una pequeña parte de la misma está siendo habitada por los nuevos habitantes de la misma.
Se accede por el vado situado donde se juntan el Duero y el Tera y donde confluyen todos los caminos que se abren entre el bosque abierto de pinares, robledales y sabinas. Al noroeste queda el lago que permite dotarse de agua en tiempo de sequía.
Es hacia el este donde se encamina el viejo. Una zona de asentamientos artesanales donde se ubicaban algunos de los talleres de cerámica de la ciudad. Muchos han desaparecido. Después acudirá al mercado a llevar sus piezas. Quiere confirmar los datos que ha ido consiguiendo de la cerámica negra que los invasores llaman campaniense.
El viejo sabe que Numantia fue famosa por su actividad artesanal, tanto en la elaboración de útiles como de objetos de prestigio. La mayoría de las casas relacionadas con actividades artesanas equipaban a las actividades agrícolas, la explotación del bosque y sobre todo con el aprovechamiento ganadero, en especial vinculado a la transformación de lana y cuero. También eran habituales otras actividades relacionadas con la caza, la pesca, la cerámica, el trabajo de la piedra y la transformación de los metales.
Es una ciudad cuyo trabajo local en forja permitió que hubiera abundancia de armas y útiles de hierro. Entre los trabajos con armas que más se dieron
en los talleres destacaban las vainas de los puñales, ya que lo ejemplares fabricados en hierro adornaban frecuentemente su cara visible. Las técnicas empleadas para su decoración eran el calado, la incisión y el repujado o troquelado. Los motivos decorativos son muy variados.
Ahora otros talleres se dedican a la fabricación de adornos de bronce, especialmente las fíbulas de muchos tipos y formas, aunque la mayoría de las piezas que se venden son las dedicadas a Epona con la forma de caballo y los báculos de distinción rematados en protomos de caballos. cada vez se ven más talleres dedicados a las placas articuladas con una rica iconografía y los broches de cinturón. La vida emerge de las ruinas y sigue adelante bajo la opresión llegada de más allá del mar.
Pero una de las cosas que más llama la atención en Numantia son sus cerámicas. Es su singularidad al ser trabajadas tanto de forma monocromas como polícromas y presentan rasgos singulares y exclusivos. El viejo es consciente que sus piezas forman parte de esta cerámica pues, aunque son de una población situada a tres jornadas de distancia, se ofrecen como cerámicas numantinas.
Eso es porque ninguna otra ciudad celtíbera proporciona tan abundante y tan rica cerámica pintada y los kerámikos del lugar no dan abasto por lo que importan piezas decoradas de determinada forma en los talleres de los alrededores. Ahora, con la destrucción reinante, las piezas de esos mismos talleres son más necesarias. Frente a la invasión, a modo de resistencia, se mantienen los gustos por las cerámicas celtíberas frente a modelos llegados de fuera.
Los vientos de guerra contra los ejércitos invasores han dado al traste con una riqueza y variedad de la cultura material numantina y que hizo de este lugar un centro creativo y modelador de la cultura celtíbera.
Antes de la guerra, la ciudad estaba rodeada por una potente muralla reforzada con torreones y disponía de cuatro puertas bien defendidas. Al contrario de otras ciudades celtíberas, no disponía de espacios abiertos, plazas o grandes edificios sociales. Su aspecto es tan rural ahora como antes de la derrota, con calles empedradas con cantos rodados de desigual tamaño.
Para proteger las calles del viento, se están ordenando algunas en sentido este-oeste uniendo sus tramos escalonadamente para cortar el aire. La calle de ronda permitía rodear junto a la muralla el perímetro de la ciudad ha desaparecido y las murallas destruidas.
Las casas son la típicas que conoce el viejo, rectangulares, con tres pequeñas habitaciones y un corral, con una base de piedra y recrecidas con postes de madera y adobes, recubiertos con un manteado de barro y paja, techadas con gavillas de centeno y acondicionando sus suelos con tierra apisonada. Pero algunas comienzan a imitar la arquitectura extranjera y son totalmente de piedra con distribuciones diferentes a las habituales.
La casa del comerciante que negociaría sus piezas en el mercado era una morada familiar con la habitación central como sala de reunión durante el día y dormitorio común durante la noche. Disponía de un banco corrido pegado a la pared donde estaba sentado haciendo cuentas sobre placas de arcilla. Las piezas del viejo se acumularían en una estancia posterior usada a modo de despensa mientras que el resto de la familia usaba la parte delantera de la casa para sus actividades textiles y de molienda.
Dos de las piezas se quedarían en la casa del comerciante para su uso personal y el viejo las bajó, a través de la trampilla, al sótano o cueva, excavada en el manto natural y que servía para conservar alimentos, que estaban depositados en vasijas similares a los dolias que había traído el viejo.
El comerciante, mucho más joven, le estuvo contando que en la población de Secontia Lanka, en el límite al sur de Kolounioku con los vecinos vacceos, se había instalado un comerciante edetano que traía cerámica de más allá de la destruida Segeda, en la ruta de los pueblos de Levante. Era un buen tipo a pesar de ser forastero y seguro que podía darle información sobre la cerámica negra que tanto le turbaba.
En cuanto a su cargamento, estaba seguro de que en pocas horas entregaría la mayoría de las piezas pues con Segeda y Numancia habían destruido las ciudades de Bilbilis, Nertóbriga, Beligiom y Contrebia Balaisca todas ellas de las gentes de los Belos. Todas atacadas por los invasores en la misma campaña que la capital de esas tierras. Ahora sus habitantes habían sido vendidos como esclavos o refugiados por toda la ribera del Duero y todos esperaban el siguiente movimiento de los ejércitos enemigos. Termacia
sería la siguiente en ser atacada. Lo mejor sería que volviese a su pequeña aldea y que sus ancianos tuviesen la sensatez de mantenerse ajenos a la guerra. Si las grandes ciudades no podían resistir al poder de las armas enemigas, ¿qué pasará con las pequeñas aldeas?
SEXTO. UNA VASIJA CAMPANIENSE
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Tanto preguntar sobre los trozos de cerámica que cayeron de la caravana comenzaron a dar su fruto cuando al viejo le informaron de un edetano, procedente del Levante que se había instalado en la cercana Secontia Lanka.
No se trataba tanto de un keramiko como de un mercader que traía vasijas de más allá del mar. Vasijas de nueva creación que estaban desplazando a las piezas tradicionales por su calidad y facilidad de producción.
Contó que la llegada de este tipo de piezas estaba motivada por la rendición de Segeda y su participación en unos acuerdos de paz establecidos con uno de los líderes invasores llamado Graco.
Desde ese momento, la ciudad se reconstruye y comienza a crecer reagrupando a los pequeños poblados de su alrededor, de forma similar a como está ocurriendo en Kolounioku.
De hecho, la guerra comenzó cuando los Iuniores propusieron que la gente vecina de poblaciones más pequeñas abandonase sus lugares y se congregasen en la ciudad, a la que rodearían de una muralla de cuarenta estadios de circunferencia. Una de las poblaciones obligadas al traspaso fue la tribu de los Titos, que denunciaron el hecho ante los magistrados de las fuerzas invasoras que declararon la guerra a Segeda por incumplir los acuerdos firmados.
Allí se están dando las cecas donde se forjan las pequeñas monedas que sirven de cambio de productos y se promueve el comercio con los pueblos de más allá de la idubeda. Por eso, además de esa cerámica de color negro que tanto le llama la atención al viejo se puede obtener kalathos de una ciudad llamada Ampurias y ánforeas de más allá del mar, destinadas a transportar vino desde la nación de los invasores llamada Roma.
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El hombre hablaba por los codos. Se notaba que era un comerciante en que utilizaba para expresarse toda la verborrea típica de los vendedores y resultaba cansado para una persona habituada, desde hace muchos años, a disfrutar del silencio.
Contó que las piezas procedían de un lugar llamado Illici uno de cuyos signos es la fabricación de la cerámica roja recubierta de barniz negro que ahora el viejo ya conocía como campaniense.
El edetano, tenía su contacto en esa ciudad. Era un keramiko que vivía en una zona de viviendas adosadas al lienzo noroeste de la muralla, en una vivienda que disponía de una estancia independiente, aunque adosada a una vivienda, en la que almacena su producción.
Las piezas estaban diseminadas por la estancia. Las cerámicas campanienses no siguen un solo patrón ya que se realizan desde distintas zonas de producción por distintos keramikos. Aun así, el viejo puede diferenciar unas características comunes en estas vasijas, que aunque él no lo sabe, responden a distintas variaciones regionales, siempre de muy buena calidad.
Revisa las piezas y percibe que se dan unas pastas de tonos rojos y rosados, calcáreas y finas, bien cocidas con un recubrimiento espeso y duro de color negro, en algunos casos gris oscuro, uniforme y aplicado por inmersión, generalmente no cubriendo el fondo externo del pie del vaso.
La mayoría de las piezas del almacén obtenidas por el edetano son sencillas y repetitivas, impresas e incisas con una casi total ausencia de motivos pintados a diferencia de los trozos que cayeron de aquella caravana a su paso por Penna Ara.
Las marcas impresas mediante tapones sí están presentes, pero no son muy comunes. Se trata sobre todo de estampillas, que pueden adoptar la forma de palmetas, flores de lotos y marcas esquemáticas.
En el caso de las decoraciones incisas, que son las más usuales entre los productos campanienses que posee el edetano, se basan en círculos concéntricos incisos, normalmente representados de dos en dos.
La producción en su mayor parte consiste en pateras, platos de pies anulares elevados y perfiles angulosos de inspiración en las formas metálicas. Destacan los platos y fuentes, cuencos y copas con y sin asas.
El viejo se hizo con varias piezas pequeñas para llevárselas de vuelta hasta su casa e intentar reproducirlas. tenía una meta: si estas cerámicas iban a acabar con las formas, dibujos y pastas que habían sido su forma de vida desde niño, demostraría que son fácilmente imitables y por tanto que no tenían más valor que el de una simple flecha lanzada en una batalla.
SEPTIMO. UNA CIUDAD PRÓXIMA A CALENDA
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Aquella mañana el viejo, junto al resto de la población de Penna Ara, se reúnen para dirigirse hacia los territorios que los jóvenes guerreros y el Consejo de Ancianos han acordado con los invasores en las tierras de cultivo y pastos que van a recibir como recompensa por participar en las guerras lusitanas junto al imperio romano.
Mujeres, niños y ancianos se acercan hasta la posición dominada por Didio y sus tropas y se encuentran con una zona amurallada con adobes y troncos de madera. Ese debe ser el nuevo asentamiento. Son tierras de las gentes de Calendas que, tras ser vencidas, han sido despojadas y sus habitantes vendidos como esclavos.
La pequeña Lagni cae al suelo llorando y el viejo se acerca a recogerla. Las lágrimas de la niña, que vuelve a vivir la sensación de pérdida que creía haber dejado atrás retrasan al viejo, que no da mucha importancia al hecho, pues el consejo de ancianos ha establecido que el taller de kerámikos tendrá su lugar asignado junto al río, como es costumbre. El viejo y la niña se retrasan y ven que el grupo los deja atrás. Casi están en el punto de reunión. No pasa nada por esperar a que Lagni se tranquilice. El viejo no puede cargar con ella y le habla suavemente para que se levante.
Los romanos, observan la llegada de aquellos que consideran salvajes con impaciencia. Quieren partir hacia Roma a festejar sus triunfos y llevar su botín de guerra. Didio está rodeado por los diez legados todavía presentes en Hispania.
Las trompetas ordenan a los legionarios que abandonen la empalizada y a los celtíberos que penetren en su interior so pretexto de inscribir en un registro a la totalidad de ellos: en una lista los hombres y en la otra las mujeres y niños para conocer qué cantidad de tierra era necesario repartirlo.
El viejo y la niña oyen el tronar de las trompetas y se acercan con disimulo a unos árboles desde los cuales pueden ver a los soldados invasores salir de la empalizada lentamente y comienzan a cruzar la zanja que hace las funciones de foso.
Es muy raro que una reunión se haga con tanta gente armada y el viejo decide esconderse en la maleza cercana y observar. Hace un gesto a la niña para que no haga ruido y ante un repentino impulso de intuición le pide que cierre los ojos.
Didio ordena entonces cerrar la empalizada y los tambores y trompetas organizan una llamada aterradora: llaman a combate. Los romanos lanzan flechas incendiadas, rocas y todo tipo de proyectiles. A los que intentan volver sobre sus pasos y a quienes intentan subir a la empalizada, las tropas legionarias atraviesan con sus largas picas. Poco a poco van sucumbiendo todos los celtíberos.
Didio y sus legados deciden celebrar también en Roma esta victoria sobre más de veinte mil enemigos.
OCTAVO. EPÍLOGO
La vieja Lagni trabaja el torno hasta tarde. Con las últimas luces, termina las piezas en pasta blanca que forman parte de la producción del día.
Ya utiliza el torno alto que se ha extendido por toda la tierra de los celtíberos. Tiene una rueda grande y maciza, colocada en la parte baja de un eje de madera que hace la transmisión del movimiento a una pequeña rueda, sobre la cual se coloca el barro que va a ser modelado.
Ahora, el único medio de modelado es el que se realiza en la rueda, con las manos, sin que se usen moldes u otras técnicas como el urdido o el pellizco.
Para trabajar en el torno se utilizan una serie de herramientas como la media luna de madera o de hueso de cuya forma habla perfectamente el nombre y que sirve para alisar el exterior de las vasijas; la cazuela que es un recipiente de barro con agua para mantener mojadas las manos y que en cuanto se trabaja un corto tiempo ha sustituido, de forma natura, el agua por barbotina con la que se trabaja mejor; el palo o el peine para aquellas piezas de uso común que tienen marcas en la arcilla a modo de decoración y un hilo a base de crin de caballo para separar la pieza de la rueda una vez terminada.
El procedimiento de modelado a torno es el mismo que aprendió del viejo, aunque con la práctica ha mejorado algunas posturas que le permiten mejores resultados.
Primero se coloca la pella en el centro de la rueda pequeña y ayudada del movimiento producido por el pie, se aprieta la arcilla y se centra. Apertura central de la masa para crear las paredes que irán subiendo y adelgazándose con las manos. Después se remata las paredes con la media luna y se suaviza la boca de la pieza. Si lo necesita, se hace la decoración con el palo o el peine. Con el hilo de crin se separa la pieza de la rueda y se coloca otra pella para continuar trabajando.
Sus piezas son solicitadas en todo el antiguo país de los celtíberos e incluso más allá. Le han dicho que incluso, en algunas ciudades vacceas como Pallantia son imitadas. Eso la llena de orgullo y siempre le hace recordar al viejo que la adoptó salvándole la vida y forjando su futuro.
Cuando los gritos del horror se apagaron y el calor provocado por las llamas con las que prendieron fuego a los restos de la gente de Penna Ara competía con el olor a carne quemada, el viejo le dio la mano y despacio, cabizbajo, emprendieron el camino hacia Kolounioku que ahora llaman Clunia y es la sede del general rebelde que se enfrenta al poder de Roma.
Una vez en la ciudad se establecieron junto a un barranco donde encontraron una mina de arcilla blancuzca y muy plástica con la que empezaron a desarrollar un nuevo tipo de cerámica.
No le llevó mucho tiempo a ninguno de los dos aprender a trabajar el torno de pie, abandonando el de mano en la producción de las piezas en serie, y las formas cerámicas que estaban en vigor en esa época. Pero el barro blanco sólo lo usaban ellos.
El viejo cerró los ojos un día al terminar una pieza especial en forma de botella cilíndrica que había estado decorando con motivos florales y conejos. Lagni le observó y pensó que estaría tomándose un descanso en el trabajo. Pero poco a poco su corazón se detuvo y su alma abandonó su cuerpo en busca de Maulia. Había enseñado a Lagni como debía proceder con su cuerpo cuando le llegara el momento y cómo llegar a la vieja necrópolis en la que debía incinerarlo y enterrarlo.
Cada cierto tiempo se acercaba hasta allí y mantenía preparado el espacio junto a la tumba de su esposa. Aunque los viejos ritos estaban prohibidos por las autoridades romanas, en el clima de rebelión y guerra civil no existía demasiada preocupación por la incineración de un viejo cadáver. En todos esos años lo que más se había producido eran muertos y el ambiente de guerra entre Sertorio y Pompeyo traía más dolor y más muerte.
Había sido una obsesión para el viejo preparar su final y Lagni lo consideraba una misión encomendada para pagar su deuda por todo lo recibido.
Después de cumplir con su deber, buscaría un par de aprendices para que le ayudaran en el taller. Con suerte, las nuevas piezas que han estado diseñando gustarán y se venderán bien.
No fue esa la última vez que Lagni tuvo que emigrar. ya anciana se negó a dejarse morir con la ciudad arévaca que había sido su hogar en los últimos años y cruzando el Ara con sus mejores herramientas y un pequeño grupo de kerámicos indígenas, se instaló en un barranco de la población emergente romana que se alzaba poco a poco en el alto cercano a Kolouniocu.
Como ella, muchos van abandonando la histórica y rebelde ciudad arévaca y cruzan hasta la posición romana.
Atrás, tres años después de la muerte de Sertorio, Kolouniocu estuvo, junto a Termes, Auxama, Calagurris, Osca y Valencia entre las ciudades que se mantuvieron fieles a su causa y salieron perdedoras. Este ejercicio de fidelidad se debió al deseo de libertad del pueblo celtíbero, que, a pesar de los crueles castigos derivados de su derrota, no fue del todo sofocado: menos de dos decenios más tarde, en el 56 ac.c, Kolouniocu se unió a un levantamiento de los vecinos vacceos, que liberaron la ciudad del cerco al que fue sometida por Q. Cornelio Nepote. Al año siguiente, Afranio, legado de Pompeyo, terminó con esta última revuelta de las gentes de la meseta. Los supervivientes se esparcieron por el territorio, en especial en Clunia donde Lagni, pocos años antes de morir se encargó de buscarlos cómo integrarse en un mundo nuevo para ellos.

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